Lo más normal que ocurra cuando decides comprar este libro para regalar y te quedas sin lectura es que te intrigue esa mano que parece estar pidiendo que le eches una mano para resolver su identidad.
Nada más sencillo. Después de haber leído casi toda la serie protagonizada por el detective Kurt Wallander te sacudes de encima la poca hojarasca literaria que rodea la mano y a este tipo de lectura policiaca y en un periquete das con el propietario de la misma.
Una buena oportunidad para quienes gustan de este género y autor (para muchos el maestro de los nuevos escritores escandinavos que actualmente están de moda en este género) y para otros una oportunidad para valorar a través de la intriga los modelos sociales por los que se desarrolla la acción.
Huesos en el jardín. Henning Mankell


Dice uno de los treinta cuentistas que componen esta antología que como buen vasco que es, a él no le interesa la liga, que lo que le interesa es el partido, y que esa es la diferencia que él ve entre la novela y el cuento. Así a este libro de muchos cuentos se le puede sacar mucho partido. Partidos con finales sorprendentes en el último minuto, encuentros en los que el desarrollo del juego es lo vital o bien aquellos en los que una jugada da sentido a los noventa minutos. Da igual, es lo bueno que tiene una selección de buenos cuentos, los vas leyendo de poco a poco y entre uno y otro saboreas el bocadillo en la grada.
Los relatos de Neuman sorprenden por el uso que hace de situaciones cotidianas. Éstas una vez se despliegan van adquiriendo un tinte de ficción que las hacen aún más reales hasta que en el último minuto adquieren una cordura fantástica.
Que la palabra sea el límite no quiere decir que lo sea todo aquello que se pueda expresar con un puñado de ellas. Antología de microrrelatos solo de autores argentinos en la que se repasa la trayectoria y evolución de los mismos durante el siglo XX.
Las lunas de Júpiter es uno de los cuentos incluidos en este volumen y da título a la recopilación. Cuentos de lo más cotidiano, con parejas que se juntan y se separan, que se trasladan a lo largo y ancho de tan extenso país como es Canadá, en los que relata la idiosincrasia de esa nación y al mismo tiempo ese fondo de melancolía que aporta el paso de tiempo, da igual donde se viva, tan bien descrito por Munro en su labor como cuentista, lo que le ha valido acceder al Premio Nobel sin necesidad de haber escrito novela de relevancia alguna.


Me lo prestaron. Un desconocido. Me explico: el autor y el título. Premio Nobel él y el protagonista, Moses Herzog, un ex-profesor de cuarenta y siete años, al que su mujer acaba de abandonar por uno de sus mejores amigos, cuya trayectoria profesional se ha venido abajo debido a su indolencia y cuya vida, en general, parece haber entrado en un callejón sin salida.
El Gatopardo puede pasar a la historia tan solo por la frase «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie» que ha dado lugar en los ámbitos políticos al “gatopardismo” significando una propuesta realizada por un mandatario lampedusiano. Ejemplo más actual: las reformas educativas.
Cuentan de quienes han de deshojar la margarita en las editoriales y en los concursos literarios que con leer las primeras quince a veinte páginas ya deciden si publicar o premiar los manuscritos a cribar.
La portada es clara. En torno a la muerte, los miedos que genera, los que nos han generado, los antes y después de esas ánimas que vagan en cuartos cerrados, vasijas y cementerios, Iwasaki adorna sus microrrelatos colocando una condecoración de Poe, el anillo de James o la leontina de Lovercraft dándoles un toque personal propio de quien vivió aquellos entierros de antaño, con su caldo y plañideras. En unos casos sorprenden sus finales, en otros la habilidad para construirlos, en unos queda flotando el miedo si se releen mentalmente y en otros provocan una risa burlona que nos hace mirar de reojo.